Al contrario de lo que se afirma muchas veces, no existe consenso científico ni certeza respecto a la seguridad de los alimentos transgénicos.

Las plantas modificadas genéticamente (MG) que expresan rasgos insecticidas aportan una nueva estrategia para la protección de cultivos. Este maíz transgénico contiene genes de Bacillus thuringiensis (Bt) que producen delta endotoxinas en toda la planta. La dieta puede influir en las características del tracto gastrointestinal, alterando su función y estructura.

La Comisión Europea quiere permitir el cultivo de tres nuevos maíces transgénicos antes de que empiece la siembra en 2017. Se están considerando tres tipos de maíz transgénico, registrados como MON810, Maíz 1507 y Bt11, que producen toxinas insecticidas. Las multinacionales Monsanto, Dupont/Pioneer y Syngenta están presionando para conseguir introducirlos en el mercado. El 9 de diciembre votarán los Estados miembros de la UE.

Desde que empezó a hablarse de organismos modificados genéticamente, todos los que se han comercializado para su utilización en agricultura y alimentación han sido organismos transgénicos: organismos en los que se introducía un gen de una especie diferente, en la mayor parte de los casos para conseguir que produjeran una toxina insecticida o que resistieran la aplicación de un determinado herbicida (más información sobre este proceso aquí).

Por lo general cuando hablamos de organismos transgénicos nos centramos en su papel en agricultura y alimentación. Sin embargo, existen OMG no comestibles, como es el caso de los destinados a la silvicultura. En este caso, un tipo de álamo modificado para reducir la expresión de una enzima relacionada con el contenido en lignina.