Mito 2.2: Existen estudios independientes que confirman que los alimentos y cultivos MG son seguros

Mito: Existen estudios independientes que confirman que los alimentos y cultivos MG son seguros

Realidad: Existen factores que dificultan llevar a cabo estudios independientes sobre alimentos MG, y aun así muchos de los que se han realizado han detectado problemas

El mito en unas líneas: 

Los estudios en profundidad de la seguridad de alimentos y cultivos MG (modificados genéticamente) llevados a cabo por científicos independientes de la industria de los OMG son escasos, ya que se han visto obstaculizados por la dificultad de acceder a las semillas MG y a las variedades parentales no-MG de las empresas desarrolladoras.

Los científicos que han conseguido llevar a cabo este tipo de estudios y han encontrado riesgos asociados a los organismos modificados genéticamente (OMG) analizados han sufrido persecuciones. Algunos de ellos han llegado a perder su trabajo y su financiación.

No hay nada que demuestre que, tal y como se afirma, la situación sea mejor para los investigadores independientes ahora que hace unos años.

A menudo se dice que existen muchos estudios independientes sobre cultivos MG que demuestran su seguridad.[1] Sin embargo, no está claro que quienes hacen estas afirmaciones hayan investigado las posibles financiaciones o afiliaciones de la industria y los autores de estudios publicados en revistas científicas. En estos días en los que la financiación de las universidades públicas y centros de investigación por parte de empresas privadas es cada vez mayor, no puede darse por hecho que cualquier autor académico es independiente.

Una revisión de estudios científicos sobre los riesgos para la salud de alimentos y cultivos MG, que investigaba las fuentes de financiación de estos, halló que existía una fuerte vinculación entre los resultados favorables a los productos MG y conflictos de intereses personales o financieros (afiliación del autor al sector). También se observó que algunos estudios que declaraban estos alimentos como seguros no habían declarado sus fuentes de financiación. Además, existía una fuerte conexión entre fuentes de financiación no declaradas y la afiliación del autor al sector.[2]

Los estudios realmente independientes sobre alimentos y cultivos MG son menos frecuentes, por dos motivos: porque no existe apoyo financiero para la investigación independiente sobre los riesgos de los cultivos MG; y porque el sector utiliza su control basado en patentes para restringir la investigación independiente.

Algunos estudios que han sido suprimidos incluían análisis del rendimiento agronómico de los cultivos MG, así como de su seguridad para la salud y el medio ambiente. Las autorizaciones para estudiar cultivos MG raramente se obtienen, o se hacen tan difíciles de conseguir que, de facto, se bloquea la investigación. Por ejemplo, a menudo se impide el acceso de los investigadores a la semilla MG comercializada y a la semilla isogénica no-MG.[3 4]

Incluso en el caso de que se otorgue la autorización para llevar a cabo la investigación, las empresas desarrolladoras de OMG suelen reservarse el derecho a bloquear la publicación.[3 4] Un editorial de Scientific American afirmaba, "Sólo los estudios aprobados por las propias empresas semilleras llegan a ver la luz en revistas revisadas por pares. Se han dado una serie de casos en los que experimentos que en principio tenían el visto bueno de la empresa semillera finalmente no pudieron ser publicados porque los resultados no resultaban halagadores."[5]

Protestas de los científicos

En 2009, 26 científicos tomaron la decisión, poco habitual, de presentar una queja formal ante la Agencia de Protección Medioambiental Estadounidense. Escribieron, "No puede llevarse a cabo ninguna investigación realmente independiente sobre muchas cuestiones críticas relativas a estos cultivos."[6]

En respuesta a la controversia que esto suscitó, los científicos del Departamento de Agricultura de EEUU (USDA) y Monsanto llegaron en 2010 a un nuevo acuerdo de licencia relativo a las investigaciones sobre cultivos MG. Aun así, este acuerdo sigue siendo restrictivo. Sólo puede aplicarse a estudios agronómicos, no sobre seguridad de los alimentos, y sólo se extiende a los científicos de la USDA.[7]Dado que la USDA mantiene una política de apoyo a los cultivos MG y las empresas que los producen (ver 2.1: "El gobierno estadounidense no es imparcial en lo referente a los cultivos y alimentos MG"), quizás Monsanto no contemple a los científicos de la USDA como una amenaza.

¿Se ha resuelto el problema de acceso a los materiales de investigación?

En 2013 Nathanael Johnson, un escritor sobre alimentación de la revista online Grist, abordó el tema del acceso a los materiales para la investigación sobre OMG como parte de una serie de artículos sobre MG. Johnson concluyó que, antes de 2009, algunos científicos se enfrentaban a problemas reales para hacer su trabajo debido a las restricciones relacionadas con las patentes, pero que ahora "el problema está prácticamente arreglado", debido a los acuerdos de investigación entre las empresas de semillas OMG y las universidades.[8]

La fuente utilizada por Johnson era el científico Kevin Folta, defensor de la ingeniería genética, quien le dijo que "no había problema" en obtener las semillas y que los investigadores podían conseguirlas de "mí, de cualquiera de mis compañeros que trabajan con maíz aquí en la universidad, o de cualquiera de los miles de investigadores independientes de EEUU... Las semillas están disponibles a través de Licencias de Investigación Académica, y la mayoría de empresas las ceden sin hacer preguntas." Folta añadió que incluso era posible "que te produzcan las propias plantas transgénicas por menos de 1000$" en varias universidades de EEUU.[8]

Información que Johnson ignoraba u omitía

Para su investigación en este y otros artículos sobre ingeniería genética, Johnson también se había puesto en contacto con la investigadora independiente Dra Judy Carman, que ha estudiado los efectos de alimentar a cerdos con OMG.[9] Johnson había pedido a Carman su opinión sobre las afirmaciones de Folta. Lo que Carman respondió a Johnson fue:

"Los cultivos MG están protegidos por patentes, por lo que no puedes ir a un distribuidor y comprar semilla MG para analizarla. Si lo haces, se te presentará un contrato legal (un acuerdo de licencia de usuario[10]) para que lo firmes, en el que se incluye que no utilizarás las semillas para investigar y que no se las darás a nadie para que investigue. Esto lo sé porque lo hemos intentado y he visto los contratos.”[11]

Para acceder a los cultivos MG, las universidades estadounidenses firman acuerdos legales con empresas del sector, lo que les permite utilizar los materiales y métodos patentados en relación a estos cultivos. Suelen firmarse acuerdos de confidencialidad comercial, a los que el resto de la población no tiene acceso, con lo cual no podemos ver las condiciones que se imponen a los investigadores y las instituciones implicadas; sin embargo, ha habido algunas protestas de científicos, publicadas en revistas científicas, sobre las condiciones que se les imponen.

“Además, claramente, las empresas desarrolladoras de OMG sólo llegarán a estos acuerdos con universidades estadounidenses que aprueben, no con centros a los que no den el visto bueno. Los centros que aprueban suelen ser aquellos que colaboran con la empresa para producir el material vegetal modificado del que ambos se pueden beneficiar económicamente. Desde luego que estos acuerdos legales no permitirían al centro pasarme material MG a mí, en especial cuando la patente del cultivo MG no les pertenece sino que pertenece a la empresa, porque eso iría en contra de la ley."[11]

Carman había intentado dirigirse directamente a las empresas para conseguir semillas MG y variedades isogénicas no-MG para su estudio toxicológico en cerdos.[9] En una versión más detallada de la explicación que le dio a Johnson, declaró, "Escribimos a tres compañías MG preguntando si podrían cedernos material de variedades MG. Una empresa no respondió. Otra quería conocer todos los detalles del estudio antes de considerar la posibilidad (y entonces probablemente dirían que no).”

“Monsanto nos dio un documento legal que decía que estábamos de acuerdo en proporcionarles los resultados del estudio antes de publicarlo. Incluso en caso de que estuviéramos de acuerdo, no nos daban ninguna garantía de cedernos la semilla, así que si hubiéramos firmado y Monsanto no nos hubiese cedido ningún material, seguiríamos estando obligados por ley a proporcionarles todos nuestros resultados antes de publicar."

Carman concluyó: "Ningún investigador independiente con respeto por sí mismo podría firmar un documento así. Y nosotros no firmamos."[12]

Carman también dijo a Johnson que, al contrario de lo afirmado por Folta, no era posible producir un cultivo MG, ensayarlo en el campo y cultivar lo suficiente para alimentar a animales para un estudio toxicológico por 1000$, y además sería ilegal: "Coger un gen patentado e introducirlo yo misma en un cultivo o pedirle a alguien que lo hiciera violaría unas cuantas leyes."[11]

Johnson, sin embargo, omitió varios de los argumentos de Carman, aunque estuvieran basados en experiencias de primera mano, y eligió creer el testimonio de Folta respecto a que el problema de acceso a las semillas estaba "prácticamente solucionado".[8]

El testimonio de Carman estaba respaldado por su co-autor en el estudio de alimentación con OMG en cerdos,[9] el agricultor estadounidense Howard Vlieger, quien también comunicó su punto de vista a Johnson y al editor de Grist - y quien también fue ignorado. En los años 90 Vlieger había hecho sus propios experimentos con maíz transgénico Bt y la variedad parental no-MG en su granja, sin restricciones, pero las cosas han cambiado mucho. Según Vlieger, "No se puede ni descargar una bolsa de semilla [MG] patentada en la propiedad de un distribuidor sin firmar un acuerdo de tecnología con el propietario de la patente de la semilla."[13] Estos acuerdos de tecnología prohiben utilizar la semilla para investigación.

Respecto a las universidades que, según Folta, estaban dispuestas a colaborar con los investigadores independientes en estudios sobre OMG, Vlieger se encontró con todo lo contrario. Había hablado con investigadores de varias universidades, dinero en mano, pidiéndoles que llevaran a cabo estudios sobre los cultivos transgénicos y el herbicida (glifosato) que la mayoría están diseñados para tolerar. Pero los investigadores no querían ni oir hablar de profundizar en ese tema. Vlieger dijo, "La reacción siempre era la misma. Nos decían que sería "muy poco saludable" para la carrera de cualquier investigador meterse en cualquier estudio que hablase mal de un cultivo MG o del glifosato."[13]

Esto deja claro cómo las relaciones entre las empresas de semilla MG y las universidades son una influencia más restrictiva que liberadora sobre la investigación independiente. Es poco probable que una universidad pueda arriesgarse a molestar a las empresas de semilla MG que les proporcionan una fuente estable de financiación al facilitar investigaciones críticas con sus productos.

Otro investigador que encuentra problemas al acceder al material

Otro investigador que encontró tremendas dificultades para acceder a los materiales fue el Profesor Gilles-Eric Séralini, un biólogo molecular de la Universidad de Caen que decidió llevar a cabo un estudio de alimentación a largo plazo con un OMG en ratas.[14]

La primera dificultad fue financiera. A Séralini le gustaría haber analizado la soja Roundup Ready así como los dos tipos principales de maíz transgénico (tolerante a herbicidas e insecticida Bt) en mamíferos adultos y durante el desarrollo en el útero. Pero esto habría multiplicado por cinco su presupuesto, ya considerable.

El segundo problema era técnico. Para analizar un maíz insecticida Bt, Séralini tendría que haber aislado la toxina Bt del maíz, pero no disponía de los medios técnicos para hacerlo.

Como solución a ambos problemas, Séralini decidió estudiar un maíz transgénico, NK603, diseñado para tolerar el herbicida Roundup. El acceso al Roundup era fácil - sólo tenía que comprarlo en una tienda.

La tercera dificultad era mayor: acceder al maíz transgénico y a la variedad parental isogénica no transgénica para la dieta de las ratas. El cultivo del maíz NK603 no está autorizado en Europa con fines comerciales, pero sí para investigación. Sin embargo, no había ningún agricultor que quisiera arriesgarse a romper el acuerdo de tecnología con Monsanto, que prohibe el uso de semilla MG para investigación. Séralini lo intentó con agricultores en España, Rumanía y EEUU, sin éxito. En un momento dado, una granja-escuela de Canadá aceptó cultivarlo, pero con la estricta condición de que no se mencionase el nombre del colegio, "por miedo a las represalias de los proveedores de semilla".[14]

Está claro que el clima de la investigación independiente sobre OMG está lejos de ser saludable y abierto. La afirmación de Johnson de que en los últimos años ha mejorado sigue sin probarse y, basándonos en la experiencia actual, no tiene base ninguna.

“Desgraciadamente, es imposible comprobar que los cultivos modificados genéticamente tengan el rendimiento que dice la publicidad, ya que las empresas que los producen se han adjudicado el poder de veto sobre el trabajo de investigadores independientes... Claro que aun así se publican investigaciones sobre semillas genéticamente modificadas. Pero sólo los estudios aprobados por las empresas semilleras llegan a ver la luz en revistas revisadas por pares. Se han dado una serie de casos en los que experimentos que tenían el visto bueno de la empresa semillera vieron más tarde bloqueada su publicación porque los resultados no eran halagadores... Sería bastante escalofriante que cualquier otro tipo de empresa fuera capaz de evitar que los investigadores independientes analizasen sus productos e informasen de lo que encuentran... Pero cuando se impide que los científicos examinen los ingredientes brutos del suministro de alimentos de nuestra nación o que analicen el material vegetal que cubre una gran parte de la tierra agrícola del país, las restricciones a la investigación libre se vuelven peligrosas."

– Editorial de la revista Scientific American[5]

Los investigadores que publican estudios que detectan daños causados por los cultivos MG son atacados

En ocasiones, contra todo pronóstico, hay investigadores independientes que consiguen poder llevar a cabo un estudio crítico sobre OMG. Pero eso no significa que sus problemas se hayan terminado, ni mucho menos - de hecho, acaban de empezar. Esto se debe a que el sector de semillas de OMG y sus aliados utilizan una serie de estrategias de relaciones públicas para desacreditar y silenciar a los científicos que publican estudios críticos.[15]

En algunos casos los científicos pro-OMG han acosado al editor de la revista para intentar convencerle de que no publique el estudio. Si el estudio llega a publicarse, lo critican como "ciencia mala", identificando cualquier defecto o limitación (que todos los estudios tienen) y alegando que esto invalida cualquier dato obtenido. No hace falta decir que, cuando un estudio afirma que el OMG analizado es seguro, no se le aplican estos mismos criterios. Frecuentemente, llegan incluso a hacer ataques personales sobre el investigador en cuestión.

El debate científico no es nada nuevo y debería ser bienvenido: es la forma que tiene la ciencia de progresar. Un investigador publica un estudio; otro investigador piensa que ciertos aspectos podrían mejorarse y refina el diseño para tratar cualquier incertidumbre; estos hallazgos se añaden a su vez a la base de datos de conocimiento para que los futuros investigadores puedan tomarlos como punto de partida. Pero esta tendencia de intentar silenciar o desacreditar los estudios que encuentran problemas relacionados con los OMG no tiene precedentes, y ha crecido en paralelo a la comercialización de cultivos MG.

A diferencia del debate científico tradicional, la crítica no consiste en llevar a cabo y publicar nuevas investigaciones que puedan confirmar o refutar el estudio en cuestión, sino en intentar "abuchear" al estudio basándose en afirmaciones fraudulentas o no validadas científicamente. A veces, ofrecen explicaciones alternativas para cualquier efecto adverso detectado para así quitarle la culpa al cultivo MG. Aun así, estas deberían ser consideradas hipótesis no estudiadas, a no ser y hasta que se lleve a cabo un nuevo experimento que las analice.

A continuación se describen algunos ejemplos de casos en los que se ha ido contra ciertos científicos por sus investigaciones críticas con los OMG.

Gilles-Eric Séralini

En el año 2007, el profesor Gilles-Eric Séralini y su equipo publicaron un reanálisis de un estudio de alimentación con ratas de Monsanto que duraba 90 días. Este estudio había sido llevado a cabo y enviado por Monsanto para apoyar su solicitud de comercialización del maíz transgénico MON863. La aprobación para el consumo humano y animal en la UE le fue concedida en 2005. Monsanto intentó mantener los datos brutos del ensayo de alimentación en secreto, alegando confidencialidad comercial, pero un tribunal alemán obligó a que se publicaran.[16]

El reanálisis, por parte del grupo de Séralini, de los datos brutos de Monsanto, demostró que las ratas alimentadas con maíz transgénico presentaban signos de toxicidad en el hígado y el riñón y diferencias en el aumento de peso, en comparación con los controles. Séralini y su equipo concluyeron que no podía darse por hecho que el maíz fuera seguro. Solicitaron que los estudios sobre OMG con fines regulatorios se extendieran más allá de los 90 días, para que así pudieran investigarse las consecuencias de esos signos iniciales de toxicidad.[16]

Séralini y su equipo publicaron este y otros artículos mostrando distintos efectos perjudiciales de los cultivos MG y del glifosato (herbicida utilizado en combinación con los OMG Roundup Ready), lo cual les hizo objeto de una dura campaña de desprestigio.[17]

Séralini creía que eran los investigadores Claude Allègre, Axel Kahn y Marc Fellous, presidente de la Asociación Francesa de Biotecnología Vegetal (AFBV) quienes estaban detrás de esta campaña de difamación e intimidación. Demandó a Fellous por calumnias, alegando que la campaña había dañado su reputación, reduciendo sus oportunidades de trabajar y de conseguir financiación para sus investigaciones.[17]Durante el juicio, resultó que Fellous, que se presentaba como un científico "neutral" sin intereses personales y acusaba a los críticos con los OMG de ser "ideológicos" y "militantes", poseía patentes a través de una empresa basada en Israel. Esta empresa vende patentes a empresas del sector de la ingeniería genética como Aventis. El abogado de Séralini demostró que otros miembros de la AFBV también estaban relacionados con distintas empresas del agronegocio.[17]El tribunal falló a favor de Séralini. El juez dictaminó que Fellous debería pagar unos costes de 4.000€, más un euro en compensación (solicitado por Séralini).[17]

En septiembre de 2012, los ataques a Séralini aumentaron hasta niveles sin precedentes, después de que él y sus compañeros de investigación publicaran un estudio que mostraba que ratas alimentadas durante dos años con el maíz transgénico NK603 de Monsanto y niveles muy bajos del herbicida Roundup, que está diseñado para tolerar, sufrían daños severos en distintos órganos. También mostraba una clara tendencia de tasas mayores de tumores y muerte prematura.[18]

Muchos de los atacantes de Séralini estaban relacionados con el sector desarrollador de OMG, o con organizaciones interesadas en la aceptación pública de la ingeniería genética. Estos vínculos e intereses no se incluían en los artículos de los medios que los citaban.[19 20]

El estudio también obtuvo críticas por parte de las agencias gubernamentales que previamente habían dado opiniones favorables sobre la seguridad de este y otros alimentos MG, como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).[21 22]En 2003, la EFSA había emitido su opinión de que este maíz transgénico era seguro,[23] lo cual condujo a la aprobación de su comercialización por parte de las autoridades europeas.

La EFSA también había sostenido con anterioridad que los estudios de alimentación de 90 días eran suficientes incluso para observar efectos tóxicos crónicos (a largo plazo) y que ni siquiera estos ensayos tan cortos eran siempre necesarios.[24] De hecho, la EFSA había aprobado el maíz transgénico sobre la base de un estudio de 90 días de este tipo realizado por Monsanto.[23] Sin embargo, los primeros tumores del experimento de Séralini aparecieron a los cuatro meses de comenzar el ensayo, un mes más tarde de lo que duraba el estudio de Monsanto. Además, durante el segundo año del ensayo de alimentación se detectaron daños severos en distintos órganos (especialmente hígado, riñón y glándula pituitaria), relacionado con el consumo de maíz transgénico y herbicida Roundup.[18]

El estudio de Séralini demostraba claramente que los ensayos de 90 días son inadecuados para observar efectos crónicos. Así que, que la EFSA hubiese aceptado que el estudio tenía alguna validez habría sido, como dijo la europarlamentaria Corinne Lepage, como "serrar la rama en la que la agencia se ha sentado durante años".[25]

Una de las afirmaciones de la Academia Francesa de la Ciencia, que atacaba el estudio, fue desafiada fuertemente por un eminente miembro de la propia academia, Paul Deheuvels. Deheuvels declaró que esta afirmación había sido escrita y publicada a toda prisa por un pequeño lobby dentro de la Academia, sin consultar al resto de miembros. Sorprendentemente, él no había sido consultado, aunque las críticas del estudio de Séralini se centraban en el aspecto estadístico y él era el único estadístico de la Academia, con lo que habría sido de esperar que se le consultase.[26]

Deheuvels dijo que la declaración de la Academia era equivalente a un acto arbitrario de Estado y que las principales críticas que hacía del estudio eran "ridículas" y ejemplos de "juicios acelerados, sin fundamentos sólidos". Deheuvels había examinado el estudio de Séralini y los datos brutos sobre los hallazgos de tumores, y concluyó que estaba claro que el maíz transgénico y el Roundup planteaban algunos problemas.[26]

Deheuvels concluyó, "Este caso demuestra las presiones que existen para manipular la Academia, convirtiéndola en una herramienta de lobby. ¡Ya no habla la ciencia, sino la cartera!"[26]

El Dr A. Wallace Hayes, editor jefe de Food and Chemical Toxicology, la revista que publicó el estudio de Séralini, fue sometido a una larga campaña por parte de científicos a favor de la ingeniería genética, exigiéndole que lo retirara.[19] En noviembre de 2013, más de un año después de que se publicara el estudio, Hayes lo retiró.[27] Las razones que dio no tenían una justificación científica, y no tenían precedentes en ninguna publicación de este tipo. En el Capítulo 3 puede leerse un análisis completo del estudio de Séralini, de los aspectos científicos y éticos de la retirada y de sus implicaciones sobre la salud pública.

Manuela Malatesta

En 2002 y 2003, una científica italiana, Manuela Malatesta, publicó un estudio de su equipo que mostraba cómo ratones alimentados con soja transgénica de Monsanto presentaban alteraciones funcionales en el hígado, páncreas y testículos. Los investigadores observaron estructuras con formación anormal en células hepáticas, lo cual indicaba un metabolismo acelerado y una alteración potencial de patrones de expresión génica.[28 29 30 31]

En una entrevista con Malatesta en "El Mundo según Monsanto", un documental rodado por la periodista de investigación francesa Marie-Monique Robin, esta describía cómo sus compañeros le habían aconsejado que no publicase lo que había descubierto, y cómo ella siguió adelante de todas maneras. A consecuencia de esto, se vio obligada a dejar su trabajo en la Universidad de Urbino, donde había trabajado durante diez años, y no pudo obtener financiación para continuar sus investigaciones. Con el apoyo de un compañero, encontró un puesto en otra universidad. Al recordar el consejo de sus compañeros de no publicar sus estudios, Malatesta dijo: "Tenían razón. Lo perdí todo: mi laboratorio, mi equipo de investigación. Tuve que empezar otra vez de cero en otra universidad."[32 33]

Emma Rosi-Marshall

En 2007 Emma Rosi-Marshall y su equipo publicaron un estudio que demostraba que el maíz transgénico Bt que llegaba a los arroyos en el medio-oeste estadounidense, al ser ingerido por insectos no-objetivo, presentaba efectos tóxicos. En un estudio de alimentación en laboratorio, los investigadores alimentaron a larvas de frigánea, un insecto que vive cerca de los arroyos, con material obtenido del maíz Bt. Las larvas que se alimentaban de restos de maíz Bt crecían la mitad de rápido que las que comían restos de maíz no-MG. Las frigáneas que consumían concentraciones altas de polen del maíz Bt morían en un número dos veces mayor que las que consumían polen no-Bt.[34]

Rosi-Marshall fue objeto de enormes críticas por parte de los defensores de la ingeniería genética, quienes dijeron que su artículo era "ciencia mala", y se quejaron de que el estudio no seguía el tipo de protocolo aplicado normalmente en estudios toxicológicos realizados con fines regulatorios, en los que se utilizan dosis conocidas - aunque esos protocolos tienen tremendas limitaciones y son cada vez más rechazados por científicos independientes por ser incapaces de detectar riesgos de forma fiable (ver Capítulo 2). Rosi-Marshall respondió que en su estudio las frigáneas podían comer todo lo que querían, como harían en la naturaleza.[3]

Los criticos también alegaron que los datos obtenidos en laboratorio no aportaban una información precisa sobre las condiciones reales en libertad. Rosi-Marshall respondió que sólo en el laboratorio resulta posible controlar las condiciones lo suficiente como para llegar a conclusiones firmes.

Henry I. Miller, del think tank pro-libre mercado Hoover Institution, fue co-autor de un artículo de opinión en el que llamaba a la publicación del estudio de Rosi-Marshall un ejemplo del "sesgo anti-científico" de las revistas científicas. También incriminó a los autores por "mala conducta científica" - una acusación muy seria. Según Miller, el principal crimen de la autora fue no mencionar en su artículo otro estudio que concluía que el polen del maíz Bt no afectaba al crecimiento o la mortalidad de frigáneas que se alimentan por filtración.[35] Rosi-Marshall respondió que no había citado estos datos porque no habían sido revisados ni publicados en aquel momento, y porque se centraban en un tipo diferente de frigánea, con mecanismos de alimentación diferentes a los insectos de su estudio.[3]

Rosi-Marshall y sus co-autores siguen apoyando su estudio. En una declaración, dijeron "Los ataques ad hominem repetidos, y aparentemente orquestados, por parte de un grupo de defensores de la ingeniería genética, han hecho poco para poder avanzar en nuestro entendimiento de los posibles impactos ecológicos del maíz transgénico."[3]

Arpad Pusztai

En agosto de 1998 el debate sobre los OMG cambió para siempre, con la retransmisión de un documental sobre la seguridad de los alimentos MG en la televisión británica. El programa incluía una entrevista, breve pero reveladora, con el científico de fama internacional Dr Arpad Pusztai, sobre su investigación, financiada por el gobierno, referente a los procedimientos de análisis de seguridad de alimentos MG. Pusztai habló de cómo había detectado que las patatas transgénicas habían dañado la salud de ratas de laboratorio. Las ratas alimentadas con patatas transgénicas mostraban crecimiento excesivo del recubrimiento intestinal similar a una formación pre-cancerosa, así como efectos tóxicos en múltiples sistemas del organismo.

Pusztai ya había hecho públicos sus descubrimientos antes de la publicación por razones de interés público, especialmente dado que la investigación se había financiado con dinero de los contribuyentes británicos. La entrevista que concedió en televisión tenía el apoyo total de sus jefes, el Instituto Rowett de Escocia. Tras la entrevista fue felicitado por el director de Rowett, el profesor Philip James, por haber manejado tan bien las preguntas.[36]

Sin embargo, al cabo de unos pocos días, el gobierno británico, la Royal Society y el Instituto Rowett lanzaron una cruda campaña para despedir, silenciar y ridiculizar al Dr Pusztai. Fue suspendido por el Rowett, su equipo de investigación fue desmantelado, y sus datos fueron confiscados. Se le obligó a firmar una obligación de silencio, que le prohibía hablar sobre sus experimentos bajo la amenaza de que se emprendieran acciones legales contra él. Le desviaron las llamadas y correos electrónicos. Se le sometió a una campaña de desprestigio y vilificación por parte de organismos científicos e individuos que defendían la ingeniería genética, en un intento de desacreditarlo a él y a su investigación.[36 37 38 39 40 41]

¿Qué hizo que el Instituto Rowett cambiase de opinión? Más tarde se dijo que había habido una llamada telefónica de Monsanto al entonces presidente de EEUU Bill Clinton, de Clinton al entonces primer ministro británico Tony Blair, y de Blair al Rowett.[36 40] Esto implicaría que la decisión de vilipendiar y desacreditar a Pusztai fue política, no científica, y que tenía como finalidad la protección del sector de los OMG.

Los promotores de la MG hicieron circular interpretaciones tergiversadas de los estudios de Pusztai, que se repiten hasta el día de hoy e incluyen afirmaciones de que:

  • Las patatas que se administraron no eran transgénicas

  • Las patatas transgénicas expresaban una proteína que incluso en su forma natural habría sido tóxica para las ratas (de hecho, Pusztai escogió esta proteína en concreto porque era tóxica para los insectos pero no para las ratas)

  • El experimento no disponía de controles adecuados

Estas afirmaciones pueden refutarse simplemente leyendo el estudio. También se alegó que no se pretendía utilizar esa patata transgénica para consumo humano, una afirmación que Pusztai sostenía firmemente.[42] El artículo de Pusztai, posteriormente, fue aprobado por revisión por pares por un equipo de revisores mayor de lo normal (sólo uno de seis se opuso a la publicación[43]) y fue publicado en The Lancet.[44]

Las críticas al diseño de este experimento son especialmente poco sólidas, dado que fue revisado y aprobado por el gobierno escocés, en una competición con otros 28 diseños en la que se le otorgó una beca de 1,6 millones de libras. Según Pusztai, también fue aprobado por el Consejo de investigación de Ciencias Biológicas y Biotecnológicas (BBSRC), el principal organismo de financiación pública del Reino Unido.[36] Ni siquiera los críticos de Pusztai han sugerido que no siguiese el diseño del estudio tal y como se aprobó. Y si el diseño de su estudio realmente hubiese carecido de los controles adecuados, el gobierno escocés y posiblemente la BBSRC se habrían enfrentado a serios interrogantes.

De forma interesante, T. J. Higgins, uno de los críticos que afirmaba que el experimento de Pusztai carecía de los controles adecuados,[45]había colaborado con Pusztai en un estudio previo sobre guisantes transgénicos con exactamente el mismo diseño.[46] La diferencia entre este estudio y el de la patata de Pusztai era el resultado: el estudio en guisantes había determinado que los guisantes transgénicos eran tan seguros como los guisantes convencionales, mientras que el estudio en patata había demostrado que las patatas transgénicas no eran seguras. Higgins no criticó este estudio, en el que colaboró, ni retiró su nombre de la publicación.[47]

Varios "artículos de opinión" publicados en la literatura científica afirman que el estudio de Pusztai tenía serios defectos, y era un ejemplo de "ciencia mala" que debería descartarse.[48] Pero, sorprendentemente, ellos no ofrecen ningún dato experimental nuevo, lo cual supondría la única manera válida de contrarrestar los hallazgos de Pusztai. Otros estudios de la literatura revisada por pares continúan citando el estudio como válido.[49 50]

Ignacio Chapela

En 2001 el biólogo Ignacio Chapela y su compañero de investigación David Quist analizaron variedades nativas de maíz mexicano y observaron que habían sido contaminadas con genes procedentes de variedades transgénicas. Los hallazgos resultaban especialmente preocupantes porque México es el centro de origen biológico del maíz. Tiene un gran número de variedades adaptadas a distintos lugares y condiciones, los cuales conforman el reservorio genético para los mejoradores que buscan desarrollar variedades nuevas. México había prohibido el cultivo de maíz transgénico debido a la preocupación por estas variedades nativas. La contaminación genética procedía de importaciones de maíz estadounidense.

Chapela se puso en contacto con varios funcionarios del gobierno, quienes, le pareció, deberían saberlo. A medida que sus hallazgos se acercaban a ser publicados en la revista Nature, la situación dio un giro siniestro. Un día, le metieron en un taxi y le llevaron a un edificio vacío en Ciudad de México, donde un alto funcionario del gobierno le amenazó a él y a su familia. Chapela tenía la impresión de que estaba intentando evitar que publicase lo que había descubierto.[51 36 52]

Chapela y Quist siguieron adelante con la publicación.[53] Inmediatamente, se puso en marcha una campaña de difamación contra Chapela y sus estudios, con una mayoría de ataques provenientes de una página web pro-ingeniería genética llamada AgBioWorld. Los ataques estaban liderados por dos personas, Mary Murphy y Andura Smetacek. Murphy y Smetacek acusaron a Chapela de ser más un activista que un científico. Smetacek dio a entender que el estudio de Chapela formaba parte de una campaña orquestada en colaboración con "los activistas agoreros (Greenpeace, Amigos de la Tierra)".[36]

La revista Science se hizo eco de la campaña de difamación, señalando los "emails anónimos que circulan por todas partes" acusando a Chapela y a Quist de "conflictos de interés y otras fechorías".[54] Algunos científicos se mostraron alarmados por la naturaleza personal de los ataques. "Atacar un trabajo atacando a la integridad de los trabajadores es una táctica que no suelen utilizar los científicos," escribió uno de ellos.[55]

Las investigaciones de Jonathan Matthews, de GMWatch, y el periodista Andy Rowell, relacionaban los ataques de Murphy con una dirección de correo electrónico que pertenecía a Bivings Woodell. Bivings Woodell era parte del Grupo Bivings, una compañía de relaciones públicas con oficinas en Washington, Bruselas, Chicago y Tokyo. Bivings desarrollaba campañas "de defensa en internet" para empresas, y había trabajado para Monsanto en su campaña de internet desde 1999, cuando la empresa biotecnológica se dio cuenta de que internet había jugado un papel importante en sus problemas de relaciones públicas en Europa.[36 56]

Los intentos de desvelar la identidad de Murphy y Smetacek no llegaron a ninguna parte, lo que llevó al periodista George Monbiot a escribir un artículo sobre el tema titulado, "Los falsos persuasores: las empresas están inventándose gente para insultar a sus oponentes en internet".[56]

El objetivo de la campaña de difamación era presionar al editor de la revista que publicaba el artículo, Nature, para que lo retirara. Como respuesta, el editor, Philip Campbell, publicó una declaración que decía "Las pruebas disponibles no son suficientes para justificar la publicación del artículo original."[57] Esto se toma a menudo como una retirada del artículo, pero no lo es. Campbell posteriormente confirmó, "El artículo no fue retirado formalmente por Nature ni los autores".[57] Sigue siendo una fuente válida y citable.

En una tendencia que se ha vuelto típica de los episodios de rabia prefabricada dirigidos a lanzar sombras sobre cualquier investigación crítica con los OMG, los atacantes de Chapela y Quist no aportaron ningún dato o análisis que contraatacase el descubrimiento fundamental de los dos investigadores, la contaminación genética en las muestras analizadas.

Los principales datos del artículo de Chapela y Quist fueron confirmados posteriormente por otros investigadores, aunque las muestras recogidas de áreas diferentes han producido diferentes resultados, como es de esperar. El análisis de muestras realizado por el gobierno mexicano en 2003 halló contaminación genética en el 0,96% de las muestras de semilla de las explotaciones agrícolas,[58] pero un grupo diferente de investigadores que utilizaron muestras diferentes en 2005 no encontraron ninguna contaminación.[59]

En un artículo publicado en 2009[60] también se encontró contaminación por transgenes, aunque un análisis realizado por autores de una empresa de análisis especializada concluyó que no había pruebas suficientes de contaminación en estas muestras en concreto.[61]

Un estudio diferente de la semilla de maíz de agricultores mexicanos publicado en 2009 observó contaminación con toxinas insecticidas transgénicas Bt y proteínas tolerantes a herbicida en el 3,1% y 1,8% de las muestras, respectivamente. Al igual que en el trabajo de Chapela, se cree que esta contaminación se debía a la dispersión de semillas MG procedentes de EEUU.[62]

Conclusión: 

El sector desarrollador de OMG restringe el acceso a sus productos por parte de investigadores independientes, de forma que no pueden investigarse adecuadamente sus efectos sobre la salud humana, la salud animal y el medio ambiente. Los acuerdos entre las empresas de semilla MG y algunas universidades no son de aplicación universal, siguen siendo restrictivas y, lo que es crucial, están controladas por el sector. No existe un ambiente favorable para los investigadores independientes, y no hay ninguna prueba de que esta situación esté mejorando.

Los investigadores independientes que llegan a publicar artículos que contienen datos que no apoyan a los OMG son atacados por el sector y por grupos e individuos pro-OMG. Esto ha tenido un efecto escalofriante sobre el debate relativo a los cultivos MG, y ha debilitado el progreso científico para la comprensión de sus efectos.

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